Entre plumas y ángeles caídos.

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                        Ensayo Literario                                     

literatura_pluma_elreloj“…Aureliano Babilonia acabará de descifrar los pergaminos y que todo lo escrito en ellos era irrepetible desde siempre y para siempre, porque las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra.”. Paradójicamente, esta historia comienza con el final de Cien Años de Soledad, y no es una continuación del libro, qué más quisiera yo, sino que así se dieron las cosas. Era una tarde muy triste de semana santa cuando termine de leerlo, una sonrisa se deposito en mi rostro mientras gozaba y leía atentamente el final de la historia de un libro que me pareció fantástico, fantástico como la vida que ahora me parecía genial en este instante de emoción infinita.

Ahora mismo parecía inspirado, decía palabras rimadas por doquier en todas partes mientras bailaba. Era una tarde triste de semana santa, y repito que era triste porque en realidad lo era, los pájaros ni salieron, la gente no se hacía sentir, el viento era el único dueño a la mitad de esa tarde mientras se acercaba la noche, y yo, yo bailaba como un trompo en el segundo piso de mi casa. Estaba contento, tal vez era el único esa tarde, me había terminado de leer uno de los libros más complicados de leer y mas fascinante de toda Latinoamérica y tal vez hasta del mundo, la historia de los Buendía. Me había acabado de graduar como un buen lector.

Es por eso que ahora bailaba salsa, y es que la salsa es la dueña aquí en la sucursal, por eso le echo salsa a la vida porque ¿qué tal que no existiera la salsa? Mis piernas vivieran atadas a una ilusión perpetua, ¡Agúzate! Me dacia Bobby…yo me espabile y comience a bailar solo en la casa, esperando que el perro y el gato no me dijeran loco, y no es un cuento de Caicedo, es que en verdad estaba loco, loco por una literatura que apenas me interesaba, por una historia triste y oscura que terminaba, por los pescaditos de oro de Aureliano, y el trágico final de Macondo, por eso estaba loco, loco como Caicedo al suicidarse y dejarnos una deuda infinita.

Estaba loco por hacerte mía musiquita, musiquita de salsa que a veces me hipnotiza, como cuando voy a la Topa Tolondra y veo que la gente se quiere sentar pero las piernas no la dejan porque se mueven solas y salen a estrellarse con otras piernas vecinas que están más locas que las anteriores, o como en la sesta en el pool Party a donde yo iba, donde una electrónica extraña azotaba como truenos y relámpagos los pensamientos de estos muchachos que se movían como queriéndose desconectar de la vida y convulsionando ante las orbitas de las ondas sonoras que atraen a cada individuo que se mueve sin descanso, ¡Hay que poder tiene la música!, pensaba yo mientras bailaba como loco en la antesala de mi cuarto, el poder de la música es infinito, nos hipnotiza y nos eleva como a Remedios la Bella, nos eleva del verdadero mundo de las tinieblas: la soledad, la soledad de la que Remedios muy hábilmente escapo para siempre.

Pensaba yo entonces en la literatura mientras bailaba, hacía varios días me había terminado Angelitos Empantanados, y tenía la sensación de que era muy trágica pero excitante al mismo tiempo. Me sorprende como uno se mete en los personajes y vuela mientras se imagina las cosas, allí se refleja el poder en la mente. Había leído dos libros esa semana, el otro era Cien Años de Soledad, me imagine allí adentro como loco observando a los personajes, me imagine en la oscuridad de Aureliano Buendía y en la belleza infinita de Remedios la Bella, que estaba yo allí despidiéndola al lado mientras se elevaba por los cielos, ¡Oh, el poder de la mente es infinita!, me sentía yo en el cielo entonces bailando “Agúzate que te están velando” mientras no hacía otra cosa que volar con la imaginación que aún quedaba en mi mente, en mi mente de Angelito Empantanado.

Cien Años de Soledad, soledad en la que estaba en ese momento junto al perro y el gato que me veían como loco, loco estaba el mundo, el mundo estaba loco, pero mi ciudad estaba infinita, infinitamente sola y oscura, hasta polvorienta como la Macondo de García Márquez, me asuste, entonces al caer en cuenta hasta la música se acabo, y yo quede estático mirando a la ventana que estaba abierta, entonces me pareció que Cali llevaría el mismo destino que Macondo, que Cali llevaría el mismo destino que Caicedo.

En ese instante un locutor de la radio interrumpió la música que escuchaba con una voz algo ronca y aguda, comenzó a decir como en mayúsculas queriendo llamar la atención, y digo en mayúsculas no porque lo hubiera leído sino porque así sonó: ¡ATENCION, ACABA DE FALLECER A LOS 87 AÑOS DE EDAD EN LA CIUDAD DE MEXICO NUESTRO UNICO PREMIO NOBEL GABRIL GARCIA MARQUEZ!

Apago la radio y prendo el televisor, los canales nacionales e internacionales registraban la muerte del Gabo, entonces yo agarro mi libro, lo hecho al bolso junto con el de Caicedo y salgo como si nada por las calles de esta ciudad vacía y polvorienta como Macondo y tan diferente a la Cali de ¡Que Viva La Música!, fui a buscar esa Cali alegre de Caicedo, esa Cali que no encontré ni en las curvas, todo estaba cerrado, las calles estaban desiertas, fui por toda la quinta como quien busca la loma de la cruz y nada, ni los hippies salieron a vender, los punkos estaba rezando y los comunistas estaban trabajando.

Salí corriendo hasta San Antonio y vi a personas casi entre estaticas saliendo y entrando de la capilla como si nada. Grite yo: ¡ACABA DE MORIR GABRIEL GARCIA MARQUEZ! Y todos me voltearon a mirar y luego de dos segundos de silencio varios de ellos gritaron: ¡Y A MI QUE ME VA A IMPORTAR, QUE SE MUERA ESE MEXICANO COMUNISTA QUE NO HIZO NADA POR ESTE PAÍS! En ese momento me acorde que muy pocos en Macondo ya se acordaban al final de Don José Arcadio Buendía, me acorde de la masacre de las bananeras, me acorde de las montañas de muertos en los trenes, me acorde del 9 de abril y del “Bogotazo” y me acorde de aquella frase de Caicedo sobre Cali: “es una ciudad que no le da oportunidades a los desesperados”, entonces salí corriendo por las calles inclinadas de San Antonio, escuchaba en los televisores de las casas de barro y de concreto moderno que se entremezclaban en la altura de la soledad de Cali la palaba o las palabras García Márquez, yo como un desesperado que ya estaba corrí a buscar La Topa Tolondra, pero estaba cerrada, y la gente no hacía nada, la gente estaba como si nada y yo como si mucho, y como si mucho salí todo desesperado a buscar a Don Heber donde el rincón, pero nada, todo estaba cerrado, enseguida volví a recordar a Macondo, y lo vi reflejado en mi Cali bella, entonces vi como una manada de hormigas rojas se abalanzaron sobre mí como a atacarme, yo salte y pisé varias como queriendo matarlas pero al mismo tiempo dejándolas vivas y en ese momento me acorde “El primero de la estirpe está amarrado en un árbol y el ultimo se lo están comiendo las hormigas” me acorde de “Adelántate a la muerte, precísale una cita” entonces quise hacer lo mismo que Caicedo. Salí, cogí una ruta del transporte masivo colándome en la estación de Santa Librada y en la T31 me monté como si nada mientras en la ventana como si mucho veía aquella ciudad estrella estrellada, bien estrellada con un oscuro gris que se quería ganar el protagonismo, protagonismo que se llevaron las hormigas que en ese momento se comían la sucursal, y yo que iba con tres personas más para el norte comprendí que ese era el mismo norte de Caicedo en las novelas, y vi que las otras tres personas que estaban allí en el bus parecían más que resignadas a la soledad, a la soledad que llegó a sentir Caicedo, a los Cien Años de Soledad que había quedado registrada en la historia de García Márquez.

Sonó el teléfono y yo aturdido y atolondrado salí a contestarlo, no era nadie, no hablaron, seguí de nuevo hasta mi cuarto y allí me quede estupefacto mientras me pasaban mil cosas por la cabeza, nunca supe cómo darle final a esta historia que había quedado allí interrumpida por el teléfono.Al fondo se escuchaban las noticias sobre la muerte del Gabo “No llores porque ya se termino…sonríe porque sucedió” entonces me sequé las lagrimas, volví y me senté en la silla donde hacía varios minutos había comenzado a escribir esta historia y me volví a acordar de la frase de Andrés “Adelántate a la muerte, precísale una cita” y me acosté sobre la mesa donde escribía como queriendo abrazarla y supe que ese sería el final perfecto para mi historia.

Me dormí para siempre en los laureles de mi mesa de escritorio donde acostumbraba a leer, donde hacia unos minutos me había terminado de leer Cien Años de Soledad y donde hacia unas semanas me había leído Angelitos Empantanados, allí junto a esos dos libros y unas pastas sospechosas me dormí, y luego de un largo sueño me di cuenta que ya era un angelito mas, un Angelito Empantanado que había pasado 18 años de soledad pero que ahora estaba viendo frente a frente al Gabo que había llegado primero que yo asía un par de horas y a Caicedo que ya estaba hace rato allí, me tendió la mano, y yo se la recibí y los entreviste, los entreviste porque siempre lo había querido hacer y no había podido, los entreviste porque se me había dado la gana hacerlo, morí porque quise y ahora estoy con mi amada Cali que se la llevaron las hormigas y con la ficticia Macondo que resulto siendo Colombia, y como en Cali estaba mi familia entonces ahora estoy con ellos, y con Andrés y con el Gabo disfrutando del cielo, del cielo de la literatura, porque leyéndolos los vi, los agarre, los entreviste y me respondieron y ahora vivo como un Angelito Empantanado en Cali la bella que ascendió por los cielos como Remedios, que ahora se encuentra aquí conmigo.

“Muchos años después frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevo a conocer el hielo”…Esta historia como ven empezó por el final y termino con el principio, entonces ahora reviviré y seguiré bailando ¡Agúzate que te están velando! y recuerden que en ese momento el Gabo no había muerto, y no ha muerto porque seguirá viviendo entre nosotros, como la Crónica De una Muerte Anunciada que todos tenemos pero que yo no quise escribir, porque escribí que no moriría y lo que uno escribe queda para siempre en la historia, porque esta, esta fue la historia que se suicidó para ser eterna, una historia que murió para revivir y ser feliz…me paré y deje de soñar entre plumas, lápices, hojas rayadas y un punto final.

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Por: Víctor H. León

victorhleon@elrelojcultural.com

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