La capital, la libertad y yo.

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Comunicador social y periodista

Por: Víctor H. León

victorhleon@elrelojcultural.com 

Recuerdo que de niño siempre soñé con conocer Bogotá, tal vez por eso de que uno es de provincia, o quizá porque era el eje central de las noticias que uno escuchaba de niño. Ese tratamiento previo que sin quererlo se fue gestado en mi cerebro, influyó para que yo me enamorara de esa ciudad aun sin conocerla. Cuando la conocí no me decepcionó, llenó mis expectativas pero mi forma de amarla fue cambiando con el paso de los años. Antes la amaba con expectativa, luego y a partir de los 14 años que la conocí por primera vez la amé por el clima y su tamaño, y ahora en mi adultez la amo por su cultura e historia. En realidad la amo por todo lo anterior mencionado, pero sobre todo porque es el único lugar donde me he sentido libre. Es aquí, en la capital de nuestro amado y trágico país donde viajé solo por primera vez y me recorrí las calles principales de la ciudad como un fantasma entre la multitud, con el único objetivo de satisfacer mi placer voyeur de observar el comportamiento de la gente en una ciudad que es tres veces más grande que la mía.

Desde que nací se puede decir que soy un inmigrante, bueno, no solo porque antes de nacer estamos en otro lugar, otro ‘mundo’, sino también porque a pesar de que soy un caleño furibundo en cuanto a regionalismo se refiere, soy adoptivo y no raizal. Los raizales son las personas que nacen en una ciudad donde también lo hicieron sus padres, abuelos y hasta bisabuelos, mientras que los adoptivos como yo somos los que nacemos en una ciudad donde los orígenes genético-familiares son distintos. Por ejemplo, mis padres no nacieron en Cali, por ende mis abuelos y mis bisabuelos y de allí para atrás tampoco. Todo esto para decirles que soy un inmigrante de sangre y por eso ha de ser que me encanta viajar (aunque está claro que también hay raizales a los que les encanta viajar y odian su ciudad natal) Todos los lugares a donde he ido me han parecido fascinantes y he tenido experiencias únicas, pero ninguna se comparó con la sensación de libertad que me trajo Bogotá.

En la capital me he sentido libre y solo, combinación perfecta para el auto conocimiento, para mirarse uno en un espejo moral, camino libre para la catarsis urbana, esa que se va adquiriendo mientras se camina por una de las ostentosas calles de Bogotá. Por ejemplo, la mítica Carrera Séptima, lugar perfecto para meditar mientras la recorres, sobre todo si prendes tu radio y en alguna de las tantas emisoras universitarias en FM encuentras un programa de música Jazz, te sientes como en una película donde yo soy la cámara, la ciudad y sus habitantes son los protagonistas y la banda sonora es ese hermoso género del saxofón.

¡Te amo Bogotá. Feliz cumpleaños!

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